jueves, 15 de marzo de 2012

nemo laeditur nisi a se ipso.

Nada puede herirnos, sólo nosotros mismos.
Es una de las frases que he leído en mi vida que me han hecho pensar más detenidamente. Me he devanado los sesos, si me permitís la expresión. Es decir, he desmadejado y  deshilachando todas y cada una de sus letras : el conjunto compone una increíble armonía, una sensatez mayúscula que construye un axioma espiritual, una verdad ininmutable..
Nemo laeditur nisi a se ipso. Ello quiere decir que somos nosotros los amos y señores de aquello que permitamos permear del exterior hostil a nuestra alma, pura de origen, llegándola a transfigurar,según sea la rigidez de nuestra propia aduana, en una criatura hermosa o en un horrible y grotesco mohín de desdicha y desconfianza. Nuestra alma debe ser osmótica, y por ello nada puede herirnos, sólo nosotros mismos.
Nemo laeditur nisi a se ipso. La he leído en  la biografía de Santo Antonio M. Zaccaria, fundador de la orden de los padres Barnabitas,  fundada en el s.XV en la Lombardía, por obra y gracia de éste ¿loco? de familia bien aposentada, que abandonó la riqueza y el bienestar pudiente e incluso su prometedora carrera como médico para transmitir el mensaje evangélico pauliano, en la época donde el Renacimiento creaba grandes obras de arte y podía no oir aquello que, en silencioso grito, postulaba S.Antonio : el don del alma, su divino origen, podía "prima facie" enfrentar  el  Arte Renacentista con el Espíritu de una Iglesia (que en aquella época  autocuestionaba su organigrama interno) que clamaba a la austeridad y a la pobreza como vías para conseguir la redención y redimir el pecado original, devolviendo a Jesús con firmeza su agonía, luchando contra la tibieza.... El hombre es capaz de realizar grandes obras, sean de arte o sean humanas. Es por ello que ambas partes (y sin ánimo proselitista por quien suscribe) deben expresar la misma cosa aún con actos diversos, e independientemente del credo: el alma y el compromiso de mantenerla limpia, y a nosotros mismos, dignos de haberla recibido.

Y es por ello que nemo laeditur nisi a se ipso.

Santo Antonio Maria Zaccaria. 1502-1539

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